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Botánica: cómo comenzar a identificar plantas.

Publicado por Javier García Calleja

Es frecuente que el profano en la botánica piense que exista una gran diferencia entre el botánico profesional y el aficionado de cara a identificar plantas silvestres, pero el complejo mundo de las plantas solamente revela sus aspectos más fascinantes a aquellos que son capaces de ir algo más lejos de la simple localización e identificación de especímenes. Explorar el mundo vegetal de una forma algo más profunda no tiene por qué ser una actividad basada exclusivamente en el dominio de una compleja jerga técnica y en el empleo de sofisticados aparatos científicos.

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Con unas pocas excepciones, la mayor parte del material necesario es fácil de encontrar y puede adquirirse por poco dinero, por lo que el aficionado solamente tendrá que familiarizarse con unas pocas palabras nuevas y con algunos sencillos procesos para poder empezar a disfrutar.

Probablemente una de las primeras cosas con las que hay que familiarizarse es con la sistemática, la forma en la que se clasifican y agrupan las plantas. Aquí es muy probable que el aficionado deba prescindir de nombres «comunes» o «de  jardinería».

¿En qué características debemos fijarnos para saber que una planta pertenece a un grupo y no a otro? A las plantas inferiores, tales como los heléchos, los musgos, las hepáticas y otras, resultarán un poco más complejas en un principio, pero por lo que se refiere a las plantas con flores -las angiospermas- es imprescindible examinar de cerca la flor para poder determinar la planta que tenemos entre manos. El número y la distribución de los sépalos, pétalos, estambres y pistilo serán los que nos indicarán que por ejemplo la ortiga muerta pertenece a la familia de las labiadas y la mayor a la de las urticáceas. La clasificación de los vegetales no siempre ha sido tan precisa, y existen plantas que biológicamente son muy distintas pero tienen nombres comunes muy similares, con lo que en muchos casos pueden producirse notables confusiones.

Dicotiledóneas y monocotiledóneas.

La primera gran división entre las plantas con flores se basa en la morfología de su embrión. Si observamos detenidamente una judía blanca, una lenteja o un cacahuete, veremos que al abrir el tejido externo nos encontramos con una semilla que se separa en dos mitades. Estos lóbulos carnosos, llamados cotiledones, son la reserva nutritiva que asimilará el embrión de la planta cuando empiece a crecer. Su función es similar a la de la yema del huevo.

Las dicotiledóneas tienen dos cotiledones y constituyen, con gran diferencia, el más amplio grupo de plantas con flores, abarcando desde las leguminosas hasta los sauces, pasando por las amapolas y las euforbias. Las monocotiledóneas solamente tienen un cotiledón, y entre ellas encontramos los cereales, las orquídeas, los lirios y la mayoría de las plantas que hibernan en forma de bulbos. En las plantas adultas también pueden observarse algunas diferencias significativas. Si tomamos una hoja de flor de lis o de narciso, nos daremos cuenta de que sus nervaduras discurren de forma paralela; éste es un carácter típico de las monocotiledóneas. Otra característica muy común consiste en que sus flores tengan sus diversos elementos en múltiplos de tres. Si las comparamos con una dicotiledónea típica, como un guisante o una ortiga muerta, veremos que estas últimas tienen los nervios de las hojas en forma de red y que los elementos de sus flores están dispuestos en grupos de cinco, cuatro y, ocasionalmente, de dos.

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