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¿Deberíamos haber vacunado por sexos?

Publicado por Ramón Contreras

Ya hemos hablo otras veces de las diferencias en la vacunación de hombres y mujeres. Los efectos secundarios o las molestias más bien que produce la vacuna son uno de los temas más comentados cuando nos enteramos de que a alguien le han puesto el pinchazo de rigor. Las vacunas para prevenir la COVID-19 son muchas y cada una ha mostrado diferentes porcentajes tanto de efectos secundarios como de eficacia contra el virus. Por otra parte parece ser que las mujeres son más propensas a tener efectos secundarios.

Las particularidades del sistema inmune de las mujeres, mucho más acostumbrado a luchar contra enfermedades y proteger más estrechamente el organismo, hace que sean ellas las que sufran más inconvenientes. Esta diferencia en el sistema inmune entre los sexos está más que aclarada a nivel biológico. Mientras que esto hace que enfermen antes, también hace que se sobrepongan más deprisa y mejor a las enfermedades. En el caso de las vacunas, al ser una versión “falsa” de una enfermedad es también normal que las mujeres sean la población que reaccione con más viveza.

Por otra parte, recientemente salía el dato de que la vacuna de Moderna contenía más cantidad del principio activo por mililitro que la vacuna de Pfizer. El principio activo se relaciona directamente con la cantidad de efectos secundarios. Puesto que a más principio activo mayor es la respuesta que el cuerpo dispara ante esa sustancia desconocida. Los encargados de Pfizer reconocieron que su vacuna contenía menos principio activo precisamente para disminuir los efectos secundarios. Después de hacer los ensayos de concentración vieron que la cantidad que emplearon era la que daba el mejor balance beneficios de defensa contra el virus y efectos secundarios. Por el contrario, los responsables de Moderna, optaron por ir más a lo seguro y aumentar la cantidad del principio a la máxima cantidad posible aunque tuviera unos efectos adversos algo mayores. Su objetivo era conseguir una mayor eficiencia de la respuesta inmune. Aunque ambas vacunas tienen unos porcentajes de inmunidad similares (Pzifer tiene un 94-95% y Moderna un 93-94%) contra las primeras cepas, después se ha observado un aumento de eficacia de Moderna frente a la variante delta.

A sabiendas de la propensión femenina a los efectos secundarios y que Moderna tiene mayor principio activo, sería posible haber aplicado criterios de diferenciación sexual a las pautas de vacunación. Sin embargo, lo más óptimo es que la población tenga una variedad lo mayor posible de vacunas para aumentar la probabilidad de supervivencia. Imaginemos el escenario en el que se ponga la vacuna basada en este principio. Vamos a suponer un extremo casi distópico en el que una de las dos vacunas perdiera completamente su eficacia contra una nueva cepa supermutante. Evidentemente nos quedaríamos sin la mitad de la población y lo que es más triste, sin posibilidad de recuperar la raza humana.

Es por eso que a pesar de que las vacunas podrían haberse administrado en función del sexo, la inyección dependiendo de otros factores o incluso de forma indiscriminada entre las diferentes vacunas será lo que a la larga y como especie nos otorgue mayor probabilidad de supervivencia.

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