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Gorgojos de dátiles y agutí en Panamá, perdida de biodiversidad y equilibrio ecológico

Publicado por Ramón Contreras

La estabilidad de los ecosistemas a largo plazo es uno de los temas más candentes. El cambio climático y la propia supervivencia de la forma en que la especie humana vive pueden verse alteradas si el entorno deja de poder sustentar la vida. No es un hecho novedoso que la retirada de un ser vivo de un ecosistema afecta a los demás miembros, a veces en maneras no directas e impredecibles. Esto ya se ha visto en multitud de estudios, entre los que siempre me gusta recordar como la introducción de lobos de nuevo en el parque natural de Yellowstone llevó a un mayor control de los ciervos, porque los depredaban. Esto repercutió enormemente en el ecosistema, las especies vegetales cambiaron, nuevas especies de aves y otros animales podían aprovechar los recursos que ya no consumían los ciervos, e incluso el cauce del ría cambió debido a la presencia de los lobo.

Otro de los ejemplos más empleados es la de las comunidades marinas en las que viven caracoles de agua y cangrejos ermitaños. Estos últimos emplean las cáscaras de caracoles muertos para hacer sus casas. Cuando se eliminan los primeros los segundos dejan de poder encontrar hogares y la especie desaparece. Este caso es especialmente flagrante en una comunidad costera de una región turística donde se puso de moda recoger las caracolas vacías como souvenir. Los zoólogos que estudiaban a una especie de cangrejos ermitaños endémicos de esa zona y que solo emplean las caracolas de una especie concreta de caracoles vieron como los cangrejos disminuían alarmantemente su población. En otro caso similar fue un virus que afectó a los caracoles dejando huérfanos de casas a los ermitaños que se vieron condenados sin caracolas.

En general la eliminación o reducción de una especie causa problemas en otras. A veces en formas que la sociedad humana no acaba de ver de forma directa. Los depredadores mantienen las poblaciones de presas sanas, matan a los enfermos, viejos y menos aptos, dejando el alimento para los más fuertes y jóvenes, que se reproducirán.

Algo similar han corroborado en las selvas de Panamá, mediante un estudio realizado con dos gorgojos que depositan sus huevos en el hueso de los dátiles. Una de las dos especies –Pachymerus cardo– pone los huevos en el interior del hueso cuando ya está pelado y la otra –Speciomerus giganteous– los pone antes de que esté pelado. Además entre la fauna local encontramos un comedor de dátiles concreto el agutí -a parte de este en el ecosistema hay monos, ardillas y varios roedores que también se alimentan de las frutas.

Cuando el agutí, que come tanto el dátil como la semilla, como los gorgojos, ha visto sus números mermados la especie Speciomerus giganteous no puede poner sus huevos en el hueso y por lo tanto sus números también bajan. Según el estudio realizado y en base a los números de individuos que han visto, la desaparición del gorgojo podría darse incluso antes de la desaparición del roedor, puesto que el insecto es depredado por gran cantidad de otros animales acostumbrados a su presencia. Por otro lado, la otra especie de gorgojo, podría ver afectada su población en sentido contrario. En cualquier caso esto llevaría a un desequilibrio que todavía no somos capaces de saber hacia donde podría llevar al ecosistema entero.

La pérdida de biodiversidad es un hecho a escala global. No sabemos qué consecuencias puede tener ya no la eliminación de una especie, sino solo su disminución en número de individuos. Los grandes animales son un marcador efectivo de los ecosistemas, fáciles de ver y contar, de registrar su actividad y en muchas ocasiones de instalar dispositivos de seguimiento, pueden ayudarnos a tomar el pulso a los sistemas en los que viven.

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