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Líquenes como biomarcadores de contaminación atmosférica

Publicado por Ramón Contreras

Tristemente cada vez podemos observar mayores efectos de la contaminación en la vida cotidiana de los seres vivos. El uso de animales, plantas u otros organismos como biomarcadores o marcadores de contaminación o la idoneidad de un ecosistema lleva ya bastante tiempo en marcha, empezó en 1960. Uno de los primeros grupos de especies usadas para eso fueron los pequeños líquenes. Estos seres simbiontes son muy sensibles a la contaminación por compuestos oxidados de nitrógeno y de sulfuro típicos de la industrialización. Además su lento crecimiento -apenas unos milímetors por año- hacen que sea fácil medirlos y relacionar el crecimiento con la contaminación. La contaminación en la atmósfera afecta a los líquenes de forma muy marcada, puesto que dejan de crecer e incluso algunas especies desaparecen de las ciudades más contaminadas. La presencia de la especie Lecanora conizaeoides es uno de los indicadores de que la calidad del aire ha descendido, puesto que es uno de los más tolerantes y gana terreno en ese tipo de ambientes. Pero ha ayudado a establecer que también afecta a otros seres vivos, incluidos los humanos, que sufren unas 15.000 muertes anuales debido a la contaminación del aire.

Los líquenes absorben sus nutrientes del aire, no tienen raíces y no lo hacen como las plantas del suelo. Principalmente de las gotas de agua suspendidas en el aire, como la niebla o el rocío, lugares que también acumulan las sustancias contaminantes. Es por eso que van acumulando los elementos presentes en la atmósfera de los que no pueden deshacerse hasta que llega un punto que la cantidad acumulada es tan alta que es incompatible con la vida del liquen. Los líquenes, como todos los seres vivos, tienen una capacidad de deshacerse de los elementos nocivos. Sin embargo, cuando hablamos de lo sensibles que son queremos decir que esta habilidad es bastante limitada y por eso las concentraciones nocivas son más notorias en ellos. Curiosamente los líquenes son muy resistentes a las variaciones térmicas o hídricas. Al ser seres vivos que pueden vivir décadas o incluso cientos de años es obvio que tienen mucho tiempo para acumular sustancias nocivas.

Frente a los sistemas de conteo estáticos electrónicos, los que miden la composición de la atmósfera, los biomarcadores nos dan una relación directa y evidente de cómo está afectando la contaminación. Mientras que con las herramientas de medida obtenemos datos puntuales el uso de seres vivos como marcadores nos acerca a la realidad de los efectos. De hecho, gracias a estas observaciones es en base a las que se puede establecer cuando los niveles son nocivos para que el indicador instrumental de la alarma.

Muchas otras especies se han usado como biomarcadores de contaminación. Por ejemplo, los atunes o los grandes depredadores del mar son uno de los más útiles para contabilizar la contaminación por mercurio de las aguas. Al ser los consumidores finales del ecosistema son los que van acumulando los niveles más tóxicos del elemento y por lo tanto la mejor forma de medir si hay demasiado como para afectar a la viabilidad del ecosistema.

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