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Cómo funcionan las vacunas

Publicado por Ramón Contreras

Desde que la inmunología moderna empezó a extenderse, a finales del siglo XVIII, la incidencia de muchas enfermedades causadas por virus y bacterias ha disminuido drásticamente. Las vacunas son la principal fuente de prevención ante muchas enfermedades tanto humanas como animales.

Es cierto que la mejora de las condiciones sanitarias tanto en las ciudades como en la alimentación han supuesto una mejora en la salud humana, sin embargo, son las vacunas las responsables de la casi desaparición de enfermedades como el sarampión, el tétanos o la difteria y la completa erradicación de la viruela a nivel mundial. Existen muchos tipos de vacunas, dependiendo del compuesto que se utilice para inocular a los pacientes, puedes leer más sobre ellas en el artículo que le dedicamos aquí (próximamente).

El sistema inmune de los animales está diseñado para detectar las moléculas extrañas que pueden entrar en el organismo y neutralizarlas. Para hacer esto existen los linfocitos, un tipo de glóbulos blancos. Los linfocitos B son capaces de detectar sustancias extrañas en el organismo y de fagocitarlo. Para ello tienen anticuerpos en su membrana que reconocen estructuras proteicas que no son propias del organismo. A continuación es capaz de poner en su membrana plasmática proteínas del organismo invasor (normalmente proteínas de membrana o de pared celular propias de virus o bacterias), allí será reconocido por linfocitos T y activarán la proliferación de células con anticuerpos específicos para esas sustancias.

Los anticuerpos presentan dos regiones, una constante y otra variable cuya secuencia final de aminoácidos está formada por la combinación de unos 65 genes. De esta manera se pueden llegar a formar unos 10 mil millones de anticuerpos diferentes, en bajas cantidades de cada uno. Cuando un anticuerpo detecta una infección el cuerpo reacciona aumentando su número para poder hacer frente a la infección.

Las vacunas suelen contener algún tipo de molécula propia de los patógenos, pero en baja cantidad. El sistema inmune reconoce los componentes de la vacuna como una invasión y lo detecta por los linfocitos B y se activa la síntesis de nuevos anticuerpos específicos para esas sustancias externas.

Normalmente el sistema inmune es capaz de detectar cualquier infección. El problema es la velocidad a la que es capaz de responder ante una invasión por virus o bacterias. Estos organismos patógenos son capaces de dividirse rápidamente o introducirse dentro de células para protegerse del sistema inmune.

Las vacunas actúan presentando partes de estos patógenos al sistema inmune para que la cantidad de anticuerpos que posee el organismo sea mayor. El sistema inmune de los animales de forma natural posee una memoria de las infecciones que ha combatido con anterioridad, guarda anticuerpos para volver a luchar contra ella. De esta forma la próxima vez que se enfrenten su respuesta será más rápida. Gracias a esto las vacunas son efectivas. En la inoculación se presenta parte del organismo patógeno al sistema inmune de forma que éste pueda hacerse cargo de él, con patógenos que no son capaces de dividirse o inoculando solo fragmentos del patógeno. De esta manera la siguiente vez que el cuerpo detecta al patógeno ya está preparado para actuar y su respuesta es mucho más rápida pudiendo atajar la infección.

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