¿Cuándo dejamos de ser jóvenes, a qué edad envejecemos?
“Juventud divino tesoro ya te vas para no volver, Cuando quiero llorar, no lloro… y a veces lloro sin querer…” Estas palabras inmortales del celebérrimo Rubén Dario son las más claras sobre la idea de la juventud, esa edad que con el paso inexorable del tiempo aprendemos a apreciar.

Las proteínas que dan elasticidad a la piel son una de las analizadas
La ciencia, que todo lo convierte en matemáticas, tiene clara la edad a la que uno deja de ser joven y pierde definitivamente ese tesoro que se va. Los 34 años sería la edad para querer llorar y no hacerlo. Según los estudios llevados a cabo sobre el funcionamiento del cuerpo sería a esta edad cuando empezarían a producirse cambios a nivel molecular que nos llevan de lo que conocemos como juventud a la edad adulta.
Un estudio realizado con más de 3.000 personas ha revelado que hay momentos vitales en los que se produce un cambio en el cuerpo. En el ensayo se ha observado la concentración de más de 370 proteínas a lo largo del tiempo y se ha comprobado que su cantidad cambiaba, presentando niveles característicos dependiendo de la edad de la persona. Gracias a ello han establecido una edad biológica de cada persona en función de los niveles de estas proteínas.
En estas cohortes se empleó proteómica plasmática a gran escala con ensayos basados en aptámeros, que permiten cuantificar miles de proteínas circulantes en adultos de distintas edades.
Un subconjunto de 373 proteínas se utilizó para estimar la edad biológica con un error medio de pocos años, y se detectaron puntos de inflexión alrededor de 34, 60 y 78.
Además, los avances en la medicina y la biología molecular han permitido entender mejor cómo el estrés oxidativo y la inflamación pueden acelerar el envejecimiento. El estrés oxidativo se produce cuando hay un desequilibrio entre la producción de radicales libres y la capacidad del cuerpo para contrarrestar sus efectos dañinos. Con el tiempo, este estrés puede llevar a la muerte celular y contribuir a enfermedades crónicas y al envejecimiento. Por otro lado, la inflamación crónica, que puede ser causada por una variedad de factores, incluyendo la dieta y el estilo de vida, también puede acelerar el proceso de envejecimiento al dañar las células y los tejidos.Este deterioro redox suele acompañarse de menores actividades de enzimas antioxidantes como superóxido dismutasa y catalasa, lo que agrava el daño acumulado en proteínas, lípidos y ADN. En paralelo, la inflamación crónica de bajo grado se refleja en concentraciones elevadas de interleucina 6 y de proteína C reactiva, un fenómeno descrito como inflammaging en población mayor.
Los paneles de proteínas que más varían con la edad están enriquecidos en rutas del complemento y la coagulación, cambios en la matriz extracelular y metabolismo de lipoproteínas.
Esto concuerda con remodelado tisular, alteraciones vasculares progresivas y pérdida de elasticidad cutánea observadas con el paso del tiempo, fenómenos que percibimos como rasgos del envejecer.
Además el estudio revela que hombres y mujeres envejecemos a ritmos distintos, con más de mil proteínas con cambios en diferentes momentos vitales para unos y otras.Análisis de trayectorias proteicas a lo largo de la vida muestran que la cronología y la magnitud de los cambios difieren entre sexos, con inflexiones adelantadas o retrasadas según la proteína. Por esa razón, los relojes proteómicos que estiman edad suelen ajustarse por sexo o estratificarse, para evitar sesgos al comparar individuos de edades similares. Con estos datos podríamos comparar la edad cronológica, que se refiere a los días que uno lleva vivo y la edad biológica que estaría marcada por las concentraciones de diferentes proteínas en sangre y nos daría información sobre el funcionamiento del cuerpo. A la vez, relojes epigenéticos basados en metilación del ADN se han validado como estimadores de edad biológica y predictores de morbilidad y mortalidad, aportando una medida complementaria.
Existen varios factores que alejan la edad biológica de la edad cronológica. Los más importantes son la genética, los genes que hemos heredado y como se expresan determinarán las proteínas y sus niveles. Por otro lado, la alimentación es otro de los principales factores externos, una buena alimentación, sana y equilibrada, puede alargar la vida más allá de la edad cronológica. Al aportar todos los nutrientes que el cuerpo necesita en su justa medida favorecemos que las proteínas sigan produciéndose. Otros factores serían el ejercicio moderado o el sueño de calidad. La práctica regular de actividad aeróbica y de fuerza se asocia a menor inflamación sistémica y mejor perfil cardiometabólico con la edad, con reducciones sostenidas de marcadores como la proteína C reactiva. Patrones alimentarios de tipo mediterráneo se vinculan a menor riesgo cardiovascular y deterioro funcional, y evitar el tabaco reduce marcadores de daño oxidativo relacionados con el envejecimiento.
Este tipo de estudios no solo pueden ayudar a subir el ánimo a las personas de 33 años diciéndoles que todavía son jóvenes, sino que tienen como objetivo poder detectar antes a poblaciones de riesgo para enfermedades relacionadas con la edad y el sexo. Porque aunque en este artículo hablemos de edades concretas, como los 34 años, esto es solo la media y se ha comprobado que hay gente que envejece antes que otra. Además, la ciencia ha encontrado otras dos edades clave, los 60 y los 78. A estas edades también se producen cambios fisiológicos y moleculares a nivel de proteínas que desencadenan cambios en el cuerpo que reconocemos como “achaques” de la madurez adulta o tristemente la vejez. Tal vez ahora haya que usar frases como “estás hecho un chaval, como si tuvieras las proteínas de uno de 18”.