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La diversidad de los seres vivos y la evolución

Publicado por Javier García Calleja

Los primeros evolucionistas se planteaban un problema: aunque no se pueda explicar la formación de los seres organizados, sí se puede tratar de poner orden en la diversidad de la creación. Esto fue lo que emprendió Carl von Linné (Linneo en su forma españolizada) en su gran obra de clasificación de las especies. Al agrupar los seres vivos según sus semejanzas o sus diferencias, esperaba encontrar una clasificación natural que fuera un buen reflejo del plan de la creación.

Eslabones humanos en la biología del s. XVIII

Eslabones humanos en la biología del s. XVIII

En efecto, las especies se pueden ordenar en un sistema jerárquico que va de los Reinos (animal, vegetal y también mineral según Linneo) hasta las especies, pasando por las Clases subdivididas en Órdenes formados por Géneros que agrupan a las especies. Este sistema de clasificación se vio rápidamente enriquecido con nuevas categorías, como el filum o la familia (y, más tarde, el subfilum, la superclase, el infraorden, la subespecie, etc.).

La nomenclatura binaria

Linneo es el creador de la nomenclatura binaria, que consiste en dar a cada especie un nombre latino que consta de dos términos que indican el género y la especie. Por ejemplo, el gato doméstico se llama Felis catus. Este lenguaje universal sigue todavía en vigor y permite a los biólogos de todo el mundo entenderse respecto a las especies que están estudiando.

En su trabajo, Linneo intentaba adaptarse a una vieja idea que se remontaba a Aristóteles: los seres deberían poder ordenarse en una escala de complejidad que iría desde el puro espíritu hasta la materia inerte.

La «cadena de los seres» iría descendiendo desde el hombre (precedido por Dios y los ángeles) hasta las piedras, pasando por los mamíferos, los ovíparos (como aves y serpientes), los animales inferiores (como insectos y también crustáceos), y después por las plantas. Pero en esta cadena faltaban muchas especies intermedias. Así, antes incluso de que surgiera la idea de una evolución a lo largo del tiempo, ya existía el famoso problema de los eslabones perdidos. Incluso cuando Linneo situó al hombre en la serie de los animales, orden de los antropomorfos, género Homo, especie Homo sapiens, situó también una especie intermedia entre el hombre y el mono: Homo silvestris (sin duda, un orangután mal descrito). Esto es una intuición genial, más aún cuando no estaba todavía asentado el concepto de evolución.

El número de especies

Linneo empezó identificando 5.250 especies vegetales y 4.235 especies animales. Pero este número fue aumentando sin cesar. Aún ahora, sigue aumentando día a día.

En 1960, se conocían 1.500.000 especies de vegetales y animales (de los que más de la mitad son insectos).

Actualmente se evalúa el número de especies vivas en la Tierra en unos cinco millones (de las que apenas 50.000 especies son vertebrados). La mayoría se desconocen todavía, y puede estimarse (de forma muy aproximada) que, bajo los efectos de la intervención masiva del hombre sobre la naturaleza, cerca de un millón de ellas desaparecerán antes de que hayamos podido conocer su existencia.

Como consecuencia de la enorme diversidad del mundo vivo, la tarea de clasificación no cesaba de encontrar cada vez más problemas. La categoría básica tendría que ser la especie. Pero siempre existe una multitud de pequeñas diferencias entre dos individuos. ¿Cómo saber las que son pertinentes para afirmar dónde empieza y dónde acaba la especie? Los naturalistas discuten a menudo sobre las divisiones que deberían hacerse. En ese caso, ¿conviene pensar en varias especies distintas, o sólo hay que identificar variedades (o subespecies) dentro de una misma especie?

El problema básico es el de la naturaleza de la especie. ¿Qué es una especie?

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