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Segunda ola de contagios de COVID-19: Las 3 hipótesis que se barajan

Publicado por Ramón Contreras

La COVID-19 fue identificado hace 10 meses a finales del año 2019. Desde entonces se ha pasado por diferentes fases de aceptación y alarma sanitaria que acabaron con el cierre preventivo de toda actividad en muchos países. Gracias a esta drástica medida se consiguió reducir la tasa de propagación del desconocido virus en muchas regiones alrededor del mundo. Tras este tiempo y casi un millón de fallecidos oficiales (a finales de septiembre de 2020) muchos analistas dan por concluida una primera ola de la enfermedad. Esta etapa ha servido para aprender muchas cosas sobre el virus y como ataca al ser humano. Sin embargo, somos todavía unos grandes desconocedores de lo que va a pasar a continuación. La mayoría de países están empezando a desencerrar a sus ciudadanos. La economía del país es muchas veces una de las principales razones para el desconfinamiento. Pero no nos engañemos, se está viendo por todas partes como la gente simplemente es incapaz de mantenerse encerrada en casa. En estas circunstancias y sin medicamentos completamente eficaces o una vacuna contra la COVID-19 es muy probable que el número de infectados vuelva a aumentar. A este repunte en la gráfica de infectados es a lo que los analistas llaman la segunda ola.

Ahora mismo se barajan diferentes escenarios de cómo ocurrirá dicha oleada de contagio, enfermedad y muerte. Para crear estas hipótesis han sido fundamentales los hallazgos realizados durante este casi primer año de COVID-19, pero también se han empleado datos de cómo se desarrollaron las pandemia de gripe de principios, de mediados del siglo XX y la de principios del siglo XXI. A esto hay que añadir todo el conocimiento previo de cómo funciona el contagio de otros coronavirus como el SARS-1 o el MERS recopilado también a principios del siglo XXI. Si bien es posible que el COVID-19 siga otro camino distinto a estos, hay tres posibilidades que se cree que serán las que tengan más probabilidades de prever el desarrollo de la enfermedad.

El primer caso sería el más similar al proceso que han seguido las pandemias de gripe. La enfermedad se volvería estacional aumentando el número de casos durante el invierno y descendiendo con la llegada de las buenas temperaturas. Los casos de infectados aumentarían cada invierno y se moderarían durante el verano hasta encontrar una manera de contener la enfermedad. Sin embargo, los datos registrados durante los meses de primavera y verano de 2020 parecen indicar que no ha habido un descenso de los casos durante este periodo. Lo cual sugeriría que en realidad todavía quedar por llegar la verdadera gran ola de contagios durante el siguiente invierno. Si esta hipótesis se cumpliese sin duda habría que volver al confinamiento poblacional. La fuerza de esta hipótesis reside en que es como han funcionado las últimas grandes pandemias de la humanidad, incluida la Peste Negra. Por otro lado, el coronavirus no parece tener este tipo de comportamientos asociados a cambios ambientales.

El segundo escenario más plausible comprendería una segunda ola de magnitud similar a la primera. A esta segunda seguiría una tercera y una cuarta de características similares hasta que a principios o mediados del 2022 la propia enfermedad descendería a casos aislados y dejaría de comportarse como una pandemia. Este escenario desvinculado de las condiciones ambientales es la más acorde con los datos que tenemos sobre el SARS-1 o el MERS. Esto es siempre basándonos en los datos sobre la inmunidad adquirida y la inmunidad de rebaño de los otros coronavirus. A día de hoy no sabemos la capacidad de conservar la inmunidad contra la COVID-19 de humanos y ya se han reportado casos de personas que se han contagiado más de una vez en lo que llevamos de pandemia. A esto hay que añadir que ninguna de las otras dos enfermedades llegaron a la magnitud del presente coronavirus.

La tercera hipótesis del desarrollo de la pandemia del COVID-19 que se estudia supone que ya ha pasado lo peor. Si bien no habría una nueva ola con un elevado número de contagios en un tiempo reducido sí presupone que habría un goteo de nuevos casos constante. Este escenario sería el esperado si las medidas de confinamiento se pudieran mantener de forma indefinida. En estas circunstancias no podríamos hablar de un patrón claro de transmisión. En el caso de que llegásemos a este escenario tal vez se relajarían las medidas de seguridad y podríamos alcanzar uno de los otros escenarios posibles. Por desgracia este patrón no se ha observado nunca en las pandemias que han asolado a la humanidad. Normalmente cuando una enfermedad ataca con la magnitud con la que el coronavirus lo ha hecho no se espera que el patrón de infecciones baje drásticamente, al menos no sin que haya una forma eficaz de parar el virus.

Finalmente cabe la posibilidad que el virus se comporte de maneras diferentes en regiones alejadas. Los cambios ambientales podrían no ser suficiente para crear una estacionalidad en un área geográfica pero sí en otra o que determinadas poblaciones humanas tengan una resistencia natural a la enfermedad mayor que otras. En cualquier caso, está claro que las medidas de confinamiento que han demostrado su utilidad en esta y otras pandemias parece la mejor defensa con la que cuenta la humanidad para detener el número de infectados.

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