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Cómo afecta el estrés a través del cortisol al cuerpo

Publicado por Ramón Contreras

El estrés es una situación continuada en el tiempo de atención o alerta que se vuelve crónica. Los seres vivos estamos acostumbrados a enfrentarnos a situaciones desagradables. En ese momento se activan ciertos mecanismos metabólicos que nos ayudan a sobrellevar la situación. A ser mejores corredores para huir, a tener más energía para luchar, a activar nuestras defensas ante una herida o enfermedad, o mejorar nuestro rendimiento de alguna manera, por ejemplo ante el frío o el calor. Todas estas situaciones se dan de forma cotidiana en la vida y no suponen un estrés en términos fisiológicos. Desatan las respuestas preparadas a tal efecto y se soluciona la situación en una dirección o en otra.

Sin embargo, no siempre se soluciona el altercado. En esas situaciones en las que la sensación de alerta se prolonga demasiado en el tiempo es cuando lo llamamos estrés. Las reacciones que desatan las hormonas como el cortisol, principal hormona que desencadena estas respuestas, aumentan la cantidad de glucosa en la sangre para que esté disponible para los músculos y el cerebro, la presión sanguínea y el ritmo cardíaco para que la glucosa fluya deprisa a su destino. A esto contribuye la vasopresina, la hormona del crecimiento y las catecolaminas. Entonces, parece que tener una mayor disponibilidad de energía, y funcionar a un ritmo mayor es beneficioso. Sí, pero es un ritmo que no se puede mantener en el tiempo.

Para conseguir todo esto hay otros sistemas que se ven suprimidos. Por ejemplo, en situaciones de este estilo el sistema digestivo ve su actividad inhibida para prestar toda la energía posible a los músculos. Durante situaciones de estrés es frecuente perder el apetito, o por el contrario tener una compulsión por la comida en grandes cantidades y a poder ser de gran contenido energético, con mucho azúcar y grasa. Esto es debido a que el cuerpo en una situación de necesidad de energía continua demanda ingestas grandes de alimentos ricos en calorías, que muchas veces no son los más sanos en términos dietéticos. También la actividad reproductora, otro de los grandes consumidores de energía, se desactiva. El cortisol interfiere en la síntesis tanto de testosterona como de estrógenos y prolactina. Mientras el cortisol está circulando en la sangre los órganos sexuales no se desarrollan (lo cual puede ser perjudicial para la continuación de la especie) y procesos necesarios para la reproducción a todos los niveles y en ambos sexos como la espermatogénesis, la ovulación, el deseo sexual o la lactancia se ven interrumpidos por las situaciones de estrés. Estas hormonas no solo intervienen en procesos de carácter sexual primario, sino también en procesos normales de carácter secundario como el crecimiento del vello facial en hombres, o en la cabeza en ambos sexos. De aquí que situaciones de estrés hacen caer el pelo.

El cortisol tiene ciclos de actividad durante el día. Durante las horas de sueño baja, y entonces tenemos un sueño tranquilo y reparador. Al despertarnos se eleva su concentración ligeramente, preparados para afrontar el día nos sube la cantidad de azúcar en sangre y el ritmo del corazón para poder movernos. Sin embargo, estas cantidades son tolerables y se compensan con el resto de hormonas. Por ejemplo, cuando hacemos ejercicio, y demandamos al cuerpo un extra de energía sube el cortisol y disminuye el apetito o el deseo sexual. Pero cuando tras el ejercicio tenemos una bajada de cortisol en sangre las otras sensaciones “inundan” de señales el organismo.