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Cultivos transgénicos y biodiversidad

Publicado por Ramón Contreras

Uno de los problemas relacionados con los transgénicos, que más se ha debatido y por el que más se ha criticado su uso es la pérdida de biodiversidad de los ecosistemas en los que se introducen este tipo de variedades de cultivo.

Sin embargo, muchas veces no se tiene en cuenta el hecho de que los ecosistemas formados por los campos de cultivo en primer lugar son artificiales, creados por el hombre, posiblemente en esas localizaciones se llevó a cabo un cambio dramático de las especies que lo habitaban. No solo las especies vegetales se vieron alteradas, como es lógico, sino también de las especies de animales, hongos y bacterias que se asociaban al ecosistema silvestre. Por lo tanto se podría decir que la alteración del ecosistema alterado no sería un delito “contra la naturaleza”. Esta afirmación no es del todo cierta. La introducción de las especies mejoradas genéticamente puede influir en la biodiversidad de su entorno de tres maneras diferentes, todas ellas deben ser (por ley) estudiadas y valoradas antes de la introducción de una variedad genéticamente modificada. Curiosamente, no deben estudiarse estos parámetros para introducir otras variedades diferentes de la autóctona que no sean modificadas, aunque el impacto en el entorno puede ser similar.

Las especies más comunes de transgénicos (con tecnología Bt) son el algodón, la soja y el maíz. Es posible que la variedad que se estuviera sembrando con anterioridad estuviera más adaptada a las condiciones climáticas del lugar. En ese caso introducir otra variedad (la Bt) no adaptada a ese ecosistema puede dar como resultado que la cosecha sea peor, pero no solo eso, si la introducción del maíz transgénico desplaza completamente a la variedad autóctona es posible que se pierda (acaben por desaparecer las semillas de la variedad adaptada). A lo largo del tiempo es sorprendente la cantidad de variedades de cultivos y frutales de los que se han perdido variedades en favor de otras más productivas en la agricultura tradicional. Para evitar que esto mismo vuelva a pasar las modificaciones genéticas lo ideal sería hacerlas en cada variedad autóctona para mantener la diversidad de la especie mientras que se ganan los beneficios de la transgénesis. Esto supone una inversión de dinero muy elevada que muchas veces no se lleva a cabo.

Por otra parte la introducción de estos cultivos, que se ven menos afectados por parásitos, altera la población de estos seres vivos. Al no poder alimentarse de los cultivos que se han plantado las poblaciones de insectos afectados se ven disminuidas. Este hecho, bueno para el agricultor, supone una pérdida de biodiversidad para el hábitat, pues puede que esta especie se vea desplazada hacia otros lugares donde sí pueda encontrar alimento.

Relacionado con el punto anterior esta la pérdida de biodiversidad ocasionada por la falta de alimento de los animales que depredaban al parásito. Es cierto que la disminución de la cantidad de insectos puede afectar a la alimentación de pájaros, anfibios o pequeños mamíferos. Además se ha visto que la ausencia de estos insectos parásitos se traducia en un desequilibrio del ecosistema, en el que otros insectos aumentan su número. Se ha visto que al desaparecer los insectos que se comían los tallos del maíz han aumentado el número de hormigas y mariposas (por fortuna, ambas especies beneficiosas para los cultivos) y que estos insectos podían suplir en parte la ausencia de alimento generada por la desaparición del parásito.

En resumen: el cultivo de variedades Bt altera la biodiversidad del ecosistema (ese es el objetivo de estos cultivos). Sin embargo, la alteración del ecosistema ha de controlarse para evitar que la disminución de la especie afectada se extienda a otros niveles tróficos del ecosistema.

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