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Lo poco que sabemos de lo que espera a los pacientes con efectos secundarios de la COVID-19

Publicado por Ramón Contreras

La COVID-19 está siendo controlada gracias a la campaña sin precedentes de vacunación a nivel mundial que se está llevando. Aunque con distintos grados de éxito, la vacuna está extendiéndose por todo el mundo. Ahora, una vez pasada la riada toca limpiar y comprobar las pérdidas. Muchos de los pacientes que han sobrevivido al coronavirus están sufriendo gran cantidad de efectos secundarios. Si bien es verdad que no todos los que pasan el virus se quedan con secuelas ni mucho menos, existe un pequeño porcentaje de los afectados que arrastran durante días, semanas o incluso meses algunos coletazos que pueden ser terribles si persisten en lo que parece que puede ser el resto de su vida.

Las infecciones por virus en general pueden dejar secuelas. La anósmia es una de las más frecuentes y de la que ya hemos hablado en relación a la COVID-19. La pérdida del olfato se debe a que el virus causa daños en el nervio olfativo. Esto tiene sentido si tenemos en cuenta que suele colonizar siempre las vías aéreas y es el nervio que más cerca les queda. El efecto sobre los nervios puede tardar mucho en repararse, lamentablemente los nervios son el tejido con menor capacidad regenerativa del cuerpo. Pueden pasar meses antes de que se recupere el sentido del olfato, pero si se ha visto afectado severamente puede ser que la falta de olfato sea permanente. Esto tiene más posibilidades de pasar en los casos de la enfermedad más graves, en los que el virus ha tenido más tiempo para atacar los nervios y por consiguiente suele ser más frecuente en pacientes de UCI que no en los que han pasado la infección asintomática.

Además de la anósmia, se ha observado que algunos pacientes experimentan alteraciones en el gusto, conocidas como disgeusia, que pueden persistir durante un tiempo después de la infección. Estos cambios en la percepción del sabor pueden ser particularmente angustiantes, ya que pueden afectar la capacidad de una persona para disfrutar de la comida y la bebida, y pueden tener un impacto significativo en su calidad de vida.

Otros efectos secundarios pueden apreciarse como una fatiga crónica o malestar, como si no se hubiese acabado de pasar la infección. Este estado pone de manifiesto la cantidad de energía y de materia que el cuerpo ha tenido que quemar para poder sobrevivir, es posible que se recuperen los niveles anteriores de actividad, pero en ocasiones para salvar el barco se ha tenido que tirar la vajilla por la borda y es irreemplazable. Los afectados por COVID-19 con efectos secundarios a largo plazo han de empezar a mentalizarse para convivir durante mucho tiempo con su nueva condición de supervivientes.

Los dolores articulares o musculares son otro de los efectos que pueden encontrarse en estos pacientes salvados. Estas molestias que pueden llegar a ser paralizantes son causadas por el deterioro físico. La recuperación es posible, con rutinas de ejercicio, comida saludable y tiempo para que los órganos afectados se recuperen.

Además, se ha observado que algunos pacientes pueden experimentar problemas de salud mental después de la infección. Esto puede incluir síntomas de ansiedad, depresión y estrés postraumático. Estos problemas pueden ser el resultado de la experiencia traumática de estar gravemente enfermo, o pueden ser una reacción al aislamiento y a la soledad que muchos pacientes han experimentado durante su enfermedad y recuperación.

En la actualidad se está empezando a evaluar los efectos a largo plazo de haber pasado el virus. Muchos de ellos son similares a los provocados por otras enfermedades de las vías respiratorias o de haber estado un tiempo prolongado en cuidados intensivos y se conocen métodos para ayudar al paciente a sobreponerse. Toca esperar y trabajar para minimizar el impacto de estos efectos en las vidas de los supervivientes y reducir las hospitalizaciones para evitar la aparición de los mismos.