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Las sandías, las frutas que evolucionaron en el desierto

Publicado por Ramón Contreras

Las sandías son uno de los alimentos más agradecidos del verano. Todo el mundo la relaciona con los días de playa, el descanso a la sombra y sobre todo con el calor. La sandía es originaria de África y allí existen varias especies que se disputan el título de ser el ancestro de la sandía doméstica. Puedes leer más del tema aquí (próximamente). La arqueología a revelado que el cultivo de sandía tiene más de 5.000 años y que por ejemplo los egipcios ya la apreciaban.

El clima africano fue uno de los elementos decisivos de la evolución natural de la sandía. Allí, existen varias especie silvestres relacionadas con la sandía (y el melón, que también está emparentado con ella) que han sido aprovechadas por dos características que serán fundamentales para su domesticación: su capacidad de conservación a largo plazo y su contenido en agua.

Las sandías sin pepitas son un cruce entre dos sandías cuya descendencia no es fértil.

Efectivamente, la cantidad de agua que retenía esta fruta era vital en aquellos ambientes donde las fuentes de agua escaseaban durante la estación seca. Las sandías se empleaban como vasijas naturales donde almacenaban agua. Sin embargo, no eran tan grandes como las actuales, eso llegaría mucho después.

Además de su capacidad para almacenar agua, las sandías también se han adaptado a las condiciones extremas del desierto en otros aspectos. Por ejemplo, su color verde brillante no es solo atractivo a la vista, sino que también cumple una función importante: reflejar la luz solar intensa y evitar que la fruta se sobrecaliente. Esto es especialmente útil en el desierto, donde las temperaturas pueden ser extremadamente altas durante el día.

El desierto de Nabidia, uno de las regiones en las que se cree que puede tener sus orígenes la sandía es extremadamente seco y las precipitaciones escasean. Es por esto que se cree que la sandía empezó a acumular agua en su interior. De esta manera se volvía un manjar delicioso para los animales que lo recorrían y que querían saciar su sed. De la misma manera la sandía tenía que ser muy resistente, aguantar mucho tiempo madura hasta que la encontrase un animal en el desierto, por lo que también desarrolló una recubierta gruesa. La piel de la sandía es una de las más duras de las frutas y permite que el agua de su interior no se escape y hace que las sandías (y los melones) sean capaces de aguantar durante meses desde que están maduros hasta que empiezan a ponerse pochos.

En la actualidad la media de tamaño de las sandías es de unos 4kg, aunque el récord está alrededor de 120 kg. Sin embargo, las sandías en la naturaleza son mucho más pequeñas y es gracias a darles más agua que crecen más. Su tamaño dependerá de la disposición de agua a su alcance. Las sandías salvajes caben en una mano y pesan alrededor de medio kilo o un kilo. Su piel es mucho más dura y es el componente principal de la fruta que da peso en las variedades silvestres, mientras que en las cultivadas alrededor del 90% del peso de la fruta es la parte roja comestible.

Finalmente y aunque no lo creas, el sabor dulce de la sandía no llegó hasta su domesticación. Sí, ese rasgo que tanto gusta a todo el mundo no fue fundamental para su evolución natural. Las sandías naturales son en realidad un tanto amargas. No solo porque el sabor amargo sacie más que el dulce, sino porque a los animales que buscan agua en el desierto lo que les interesa es conseguir algo que beber y pueden hacer algunos sacrificios al paladar. En muchos pueblos africanos se ha empleado la sandía amarga de forma tradicional para conservar agua y hacer luego zumos con la pulpa machacada para beber.

Además de su uso como fuente de agua, las sandías también han sido utilizadas por los pueblos indígenas de África como alimento. Las semillas de la sandía, por ejemplo, son ricas en proteínas y grasas, y se pueden tostar y comer como un snack. La pulpa de la sandía también se puede utilizar para hacer mermeladas y jaleas, y en algunas culturas, incluso se fermenta para hacer vino. En definitiva, la sandía es un ejemplo perfecto de cómo la naturaleza puede adaptarse a las condiciones más extremas y proporcionar a los seres humanos un recurso valioso en el proceso.